¿Como podríamos aprender a no dejar que los recuerdos estériles de las experiencias que atravesamos dejen sobre nuestra conciencia su casi inextirpable virus?
Una opción es dejar toda conciencia racional y dejarnos guiar por nuestros instintos, por aquello en lo que la pureza de nuestro espíritu desea liberar, apartando cualquier pensamiento que pueda parecer cuestionable para otros.
El instinto debe actuar como filtro y catalizador para ayudar a liberar la esencia de nuestra verdadera voluntad, en lugar de aceptar cualquier arrepentimiento o culpa por los recuerdos de experiencias anteriores.
El pasado nos enseña sí, y los errores cometidos debemos recordarlos para aprender de ellos, pero alejándonos de cualquier sentido de culpabilidad o autocomplacencia.
Para que lleguemos a la nobleza antes tenemos que purificar aquellos recuerdos y pensamientos que impiden el paso de la luz creadora.
Dejando a un lado las interpretaciones canónicas sobre la pureza, en el proceso de limpieza que necesita nuestra conciencia es preciso evitar el rechazo de los pensamientos que para otros resultan reprobables: es precisamente el acto de rechazar esa parte de moralidad inducida lo que puede liberar nuestras conciencias y así crear nuestros propios símbolos sobre el bien y el mal.
De esta forma conseguiremos liberar de la conciencia todos los dogmas morales, religiosos e ideológicos y abrir las puertas a lo que nosotros mismos consigamos crear.
Este no es el único proceso ni la única herramienta que puede utilizarse. También existen otros métodos más lentos y algunos de ellos turbios que acaban por dirigirnos hacia metas y objetivos erráticos a la voluntad de nuestro espíritu.
Aquello que utilicemos para alcanzar la nobleza y la pureza de nuestras almas, debe servirnos como medio para transportar a la conciencia hacia estados de plenitud.





